Madurez

madurez

La primera de las tormentas ocurrió cuando tenía 13 años. Mis padres se separaron pero la tormenta surgió cuando me dí cuenta de que mi padre no nos quería. Así nos lo dijo y así nos lo hizo saber con el paso de los años y con cada uno de sus actos. La tormenta pasó bastante rápido porque tenía el cobijo del amor de mi madre y de mis aitonas maternos. No entendía como alguien capaz de formar una familia podía sentir tal indiferencia hacia ella. Al cabo de muchos años he llegado a comprender que hay personas que son incapaces de amar y de ver más allá de su propio ombligo. Supongo que mi “padre” es una de ellas. Primera tormenta superada y primer paso a la madurez. No puedo decir que mi infancia no fue buena porque sin duda, fue maravillosa. Nunca sentí esa falta paterna porque mi madre la llenaba completamente. Mis abuelos maternos también siempre estaban ahí, llenando ese vacío que yo ya no sentía.

La segunda tormenta llegó con la ida de mi amona Julia. Se marchó así, de repente y un nuevo vacío se apoderó de mí. Fue una tormenta dura que también mi madre, y solo ella, supo calmar. De nuevo, su amor y su cariño hicieron que la herida cicatrizara pronto. Frente a mí, un nuevo golpe de madurez.

La tercera tormenta fue cuando a mi madre le diagnosticaron cáncer de mama. Aunque luché con todas mis fuerzas, en ocasiones el miedo se apoderaba de mí pero una vez más, ahí estaba mi madre para darme una nueva lección de fuerza y coraje. Nuevamente el amor y el cariño, pudo con otra tormenta.

La cuarta tormenta se desató cuando a mi aitona le diagnosticaron alzheimer. A estas alturas, intenté luchar con todo lo aprendido y pude superar aquellos primeros momentos con mi madre a mi lado. Desgraciadamente, un mes después ella nos dejó y comenzó mi quinta y actual tormenta. Lucho contra ella cada día pero ya no tengo el refugio, tu refugio. Sé que me enseñaste bien pero todavía no estaba preparada para esto. Contigo a mi lado tenía la certeza de que las tormentas pasarían pero ahora no estoy tan segura. Y lo peor de todo es que sé que quedan muchas otras por venir. Supongo que ya puedo decir que he alcanzado la madurez, pero no me gusta. Quisiera no tener que tomar decisiones y poder refugiarme entre tus brazos siempre que el miedo se apodere de mi y escuchar de tus propios labios: “Todo va a ir bien”.

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