La chica de la librería

Tú no lo sabes pero vengo a esta librería todos los viernes desde hace más de un año, solo para verte. Sé que te llamas Laura porque la chapita que adorna la solapa de tu uniforme, así lo dice. Me pierdo entre las estanterías y mientras finjo estar ojeando un libro, aprovecho para espiarte por el rabillo del ojo. Hoy pareces triste. Desde que he entrado no te he visto sonreír ni una sola vez. ¡Con lo que a mí me gusta tu sonrisa! Tal vez has tenido un mal día.

Un cliente acaba de preguntarte algo y tú sigues igual de seria. Lo acompañas hasta una estantería y le muestras el ejemplar que te ha pedido. El cliente te da las gracias y entonces vuelves a tu mostrador.

Sigo observándote desde mi privilegiada situación. Tu expresión sigue estando mustia y eso me preocupa. Me gustaría poder acercarme y preguntarte cuáles son tus desvelos, escucharte y devolver esa sonrisa tan mágica a tus labios, pero soy una cobarde. “Tal vez mañana”, me repito una y otra vez.

Una chica acaba de entrar y va directamente hacia a ti. Os habéis puesto a hablar como si os conocierais y yo he sentido una enorme punzada en el pecho. ¿Celos? Tal vez. Sí, claro que sí. ¡A quién pretendo engañar! Ojalá tuviera el valor suficiente para atreverme a hablar contigo.

Me acerco hasta otro estante porque llevo demasiado tiempo en el mismo sitio. No quiero que sospeches y creas que soy una de psicópata de esas que quiere hacerte daño. Jamás te lo haría. Te amo demasiado.

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Sin darme cuenta, he llegado a parar a la sección LGTB. No hay muchos libros pero al verlos, siento que los he leído casi todos. Uno de ellos capta mi atención. Se trata de Casi un amor de Radclyffe Hall. Lo conozco bien. Forma parte de mi colección y lo he leído en incontables ocasiones. No puedo evitar sentirme con Joan, una de las protagonistas, y me entristece pensar que mi valor, como el suyo, también morirá antes de aceptar lo que siento por ti.

     —Buenas tardes, ¿puedo ayudarte? —me sueltas apareciendo de repente a mi lado.

“Eres la única que puede ayudarme. Ayúdame a comprender estas mariposas que revoletean en mi interior cada vez que te veo. Ayúdame a controlar mis mejillas cada vez que nuestras miradas se cruzan. Ayúdame a entender por qué sigo ampliando mi colección de libros a pesar de no tener espacio libre en casa. Ayúdame a que de una vez por todas me arme de valor y te susurre al oído las palabras que llevo queriendo decirte desde hace más de un año”.

Entonces te miro a los ojos en un acto de valentía pero de nuevo, la cobardía que siempre me acompaña, vuelve a apoderarse de mí.

     —Solo estaba mirando. Gracias.

     —Es un libro muy bueno pero también muy triste. Por suerte no siempre todas las historias acaban mal. Si necesitas cualquier cosa, ya sabes donde encontrarme —dices así, sin anestesia. Creo que voy a desmayarme pero al final consigo mantener la compostura mientras observo cómo te alejas de mí. El tiempo se agota y hoy tampoco será el día en que me atreva a hablarte de mis sentimientos. Vuelvo la mirada hacia los libros y escojo uno entre los que no he leído. Después me dirijo hasta tu mostrador para pagar el ejemplar y despedirme de ti hasta la semana que viene muy a mi pesar.

     —Buena elección. Espero que te guste.

Mi escasa osadía solo me permite pronunciar un “gracias” que apenas se oye. Te doy la tarjeta de crédito acompañada de mi documento de identidad, esperando que no te fijes mucho en la fotografía porque ese día estaba horrorosa. No dices nada. Me cobras en silencio y yo bajo la mirada porque tengo unas ganas enormes de llorar.

     —Muchas gracias.

Salgo de allí lo más rápido posible porque mis ojos ya están cubiertos de lágrimas. Entonces escucho que alguien grita mi nombre.

     —¡Ana! ¡Ana!

Me doy la vuelta y veo que eres tú, que te estás acercando a mí.

     —Te has olvidado de algo —me dices pero yo no veo nada en tu manos que puedas devolverme. Te miro a los ojos intentando comprender qué es lo que he podido olvidar y de repente, tus labios se posan en los míos y me regalas el mejor beso de toda mi vida. Me acaricias la mejilla y me ofreces otro precioso regalo.

     —¡Tu sonrisa! Ha vuelto —te digo con emoción.

     —La guardaba para ti.

Palabras

Palabras. ¡Cuánto daño pueden hacer unas simples palabras! En ocasiones es difícil escoger las palabras adecuadas para expresar lo que sentimos pero cuando salen del corazón, entonces son la elección acertada. En cambio, cuando las palabras nacen del odio y del rencor, pueden llegar a doler mucho más que un buena bofetada. ¡Joder que si duelen!

Pero siempre hay elección para escogerlas. Cada uno es libre de elegir las palabras que quiera, aunque es importante pensar por un momento, en cómo pueden ser recibidas.

Las palabras son un arma muy poderosa y hay quien las maneja a su antojo. Sabe cuándo arrojarlas y de qué manera, para así producir mucho más daño.

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Pero también están las palabras que ayudan. Estas por ejemplo, que estoy escribiendo yo ahora mismo,  ayudan a mitigar el dolor que otras me han causado.

Ojalá todas las palabras fueran usadas con la misma intención, cualquiera menos la de hacer daño.

Hay quien dice que las palabras se las lleva el viento pero algunas tienen tanto peso que es casi imposible que se eleven y salgan volando.

También hay quien dice que a pesar de la intención de quien las lanza, luego está el poder de quien las recibe.

Tal vez yo carezca de ese poder.

Nostalgia

Siento nostalgia. Nostalgia de aquellos veranos cuando era pequeña, que pasábamos en la Costa Dorada. Nostalgia de aquellos días de playa y piscina donde mis únicas preocupaciones eran pasármelo bien. Nostalgia de aquellas meriendas tan ricas que nos preparabas amona. Nostalgia de las partidas de cartas y dominó que siempre nos ganabas aitona. Nostalgia de aquellas copas de helado grandísimas que nos comíamos por la noche y que tú amona, siempre acababas terminándote la mía porque una vez más, yo había escogido la más grande, la que tenía hasta bengalas.

Nostalgia de aquellos juegos de pala en la playa. Nostalgia de aquellos maravillosos paseos nocturnos donde recorríamos todos los puestos de artesanía y siempre se me antojaba alguna pulsera.

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Pero fuisteis haciéndoos mayores y nosotras también. Cambiamos el destino de las vacaciones a uno más cercano pero no por ello peor. Siento nostalgia de todos esos veranos posteriores en La Rioja. Nostalgia de todas las personas que conocí. Nostalgia de tomar una copa de zurracapote y de comer chuletillas de cordero al sarmiento en una bodega. Nostalgia de ir a la vendimia y descubrir los entresijos de la elaboración del vino.

Cuando abandoné la adolescencia, mis vacaciones cambiaron. Ahora eras tú, ama, la que proponía viajes de aventuras y que exploráramos juntas sitios nuevos. Nostalgia de descubrir la gran manzana a tu lado. Nostalgia de disfrutar del más bello de los atardeceres en Santorini. Nostalgia de caminar entre los restos de la Acrópolis. Nostalgia de tirar una moneda a la Fontana di Trevi. Nostalgia de estar tumbadas bajo un cocotero en una playa del Caribe. Nostalgia de tomar un mojito en La Habana.

Siento una enorme nostalgia de no poder teneros a todos de nuevo a mi lado.

Hoy no es catorce

Hoy no es catorce pero te escribo igualmente. Necesito contarte que otro sueño se ha hecho realidad aunque creo que tú ya lo sabes.

La primera noticia llegó casualmente el catorce de este mes, justo cuando acababa de escribirte mi carta. En ella te explicaba cómo había enviado el manuscrito de mi segunda novela a una editorial y que ya había perdido la esperanza porque había pasado un mes y no recibía respuesta alguna. Pero de repente llegó ese email que lo cambió todo.

Hoy no es catorce, pero como si lo fuera porque no puedo esperar al catorce del mes que viene para contarte que la editorial con la que siempre he soñado, quiere publicar mi novela. Pero claro, eso tú ya lo sabes.

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Tengo una teoría y es que siempre estás trabajando para que mis sueños se cumplan. Muchas veces, estando el ordenador en reposo, la pantalla se enciende sin que nadie lo toque. Me gusta pensar que eres tú, que con ese simple gesto quieres decirme: “Estoy aquí y siempre estaré a tu lado”.

Me hubiera encantado poder llamarte por teléfono para contarte esta maravilosa noticia pero donde quiera que estés, no hay suficiente red para ello. No importa, sé que de alguna forma estás al corriente de todo.

Hoy no es catorce pero te siento a mi lado más que nunca. Gracias por enseñarme a perseguir mis sueños y a no rendirme jamás.

Tú también…

Tú también te has ido. Te has marchado sin hacer ruido.

Tu también me has dejado pero comprendo tu marcha.

Tu vida no fue fácil. A los seis años ya corrías debajo de las bombas y tuviste que embarcar en un barco rumbo a Francia para salvar la vida junto a tu hermano pequeño. A los pocos meses, pudiste volver a casa aunque a partir de ahí, ya nada sería igual.

Creciste luchando contra el franquismo y jamás abandonaste tus ideales republicanos. Perdiste a muchos compañeros por el camino y muchos de ellos, todavía hoy no sabemos donde pueden estar sus restos porque esta falsa democracia que tenemos, se empeña en borrar la historia, tu historia. Pero todavía somos muchos los que no la olvidamos.

Militaste en el partido comunista cuando por ello, lo menos que podía pasarte es que te fusilaran  y tu lucha,  sobre todo la del mundo obrero, no conocía límites. No soportabas las injusticias y eran capaz de parar el trabajo de mil personas, para lograr que todo el mundo pudiera disfrutar de los mismos derechos.

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Yo también crecí aprendiendo de tu lucha y prometo seguir con ella como tú lo has hecho hasta el último de tus días.

La honradez y la lucha contra la desigualdad son tus legados más preciados y no los olvidaré nunca.

Sabes que además de ser el mejor aitona del mundo, fuiste también mi padre. Me enseñaste a no rendirme jamás y a perseguir mis objetivos pero siempre teniendo en cuenta a los demás.

Es duro tener que despedirme pero sé que ahora estás con la amona y con la ama, mujeres a las que adorabas y echabas mucho de menos.

Gracias por una vida llena de enseñanzas, de valores y de recuerdos maravillosos. Gracias por enseñarme a no vivir de rodillas.

Hasta siempre aitona.

 

De cine

¡Ayer fue un día mágico!

Mi abuelo siempre ha sido un fanático de la electrónica y recuerdo que cuando yo era pequeñita, ya tenía una cámara super 8 y un proyector de cine. Cuando íbamos de vacaciones (de camping a Salou) grababa para la posteridad nuestros primeros baños en la playa y las infinitas zambullidas en la piscina.

Ayer, encendí ese proyector que tiene más de treinta años y tras unos cuantos retoques que tuvimos que darle mi mujer y yo, lo hicimos funcionar.

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No puedo describir la emoción que me produjo verme, con uno o dos añitos en brazos de mi madre y también de mi abuela. Ya no puedo disfrutar de su compañía  pero esas imágenes en movimiento me trasladaron a aquellos años y me volvieron a recordar el cariño y el amor que tanto me profesaban.

También recuerdo con mucha ilusión aquellos sábados en casa de mis abuelos, que tras las vacaciones, nos reuníamos todos y mi abuelo montaba la película para proyectarla en una pantalla que solíamos poner en el salón. ¡Qué tiempos aquellos!

Tiempos que ya no volverán pero que gracias a mi abuelo, podré seguir viendo y disfrutando.

¡Qué difícil…!

¡Qué difícil es no poder estar a tu lado cada día!                                                                            

¡Qué difícil es vivir a mil kilómetros sabiendo que te estás apagando!               

¡Qué difícil es cada uno de nuestro encuentros! Al principio todo son risas y felicidad pero cuando llega la despedida, nuestros ojos se llenan de lágrimas y a mí se me parte el alma al tener que dejarte.   

¡Qué difícil es mirarte y verte tan ausente!

¡Qué difícil es tener que asumir que tu memoria se apaga y que acabará desapareciendo!                                           

¡Qué difícil es hablar de las personas que ya no están y que tanto amamos!             

¡Qué difícil es conservar la entereza cuando tus silencios me gritan: “No te vayas”!                                                               

¡Qué difícil es saber que un día de estos, ya no te acordarás de mí!                                 

¡Qué difícil es cogerte la mano sin romper a llorar!                                                               

¡Qué difícil es arrancarte una sonrisa cuando estoy rota por dentro!                        

¿Por qué es todo tan difícil?

Un año más sin ti

Un año más sin ti. Ya son tres, los años que me faltas y sigue doliendo como el primer día. Pensé que con el tiempo, el dolor sería menor, pero no es cierto. El tiempo te enseña a soportarlo pero el dolor, no deja de ser menor.

Un año más sin ti, cargado de emociones que me hubiera gustado compartir contigo. Jamás hubiera imaginado no tenerte en mi boda y por desgracia, la vida (o mejor dicho la muerte) nos ha obligado a ello. Pero siento decirle (a la muerte) que no se salió del todo con la suya, porque tú te las arreglaste para estar ahí, ese día con nosotras, transmitiéndonos tu amor incondicional.

Un año más sin ti, donde el sueño de publicar mi libro se ha hecho realidad. Y todo ha sido gracias a ti y a tu constancia. Gracias por enseñarme a perseguir los sueños por encima de todo. Gracias por transmitirme todos esos valores que hacen que la vida merezca la pena. Gracias por enseñarme la belleza de las cosas. Gracias por esa gran sonrisa que siempre asomaba en los momentos más difíciles. Gracias por esa fuerza que a veces, ignoro de donde proviene. Gracias por tenderme la mano en cada una de mis caídas. Gracias por enseñarme a levantarme sola y afrontar la vida con una sonrisa como la tuya.

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Un año más sin ti y sin embargo, quiero darte las gracias por seguir aquí. Formas parte de mi alma y mi corazón y en cada decisión que tomo, tú siempres estás aquí. Siento que velas y cuidas de mí. También siento tu sonrisa y a veces es como si me susurraras eso que tanto me solías repetir: “Ten paciencia que todo llega y mientras tanto, nunca dejes de perseguir tus sueños”.

Un año más sin ti, echándote de menos y deseando borrar ese doloroso y triste día del calendario. Pero ese es un sueño imposible. Es el único que persigo sabiendo que nunca se hará realidad.

Un año más sin ti, queriendo decirte cuánto te quiero y deseando abrazarte con toda mi alma. Gracias por darme la vida, por mostrarme lo mejor de ella y enseñarme a afrontarla con esa gran sonrisa. Te quiero.

Apenas quedan días…

Apenas quedan días para que llegue el momento. Si te dijera que no estoy nerviosa, te estaría mintiendo. ¡Claro que lo estoy, cómo no estarlo!

¡Apenas quedan días! Nos conocemos desde hace nueve años y sigo con esas mariposas en el estómago. Se instalaron el mismo día que nos conocimos y cada mañana, revolotean con fuerza cuando amanezco a tu lado. Desde aquella primera conversación que tuvimos por internet, sin verte, ya supe que quería pasar el resto de mi vida junto a ti.

Apenas quedan días para que nos demos el “sí quiero”, aunque nos lo damos cada mañana y cada noche. Ha sido un año lleno de sueños que se han hecho realidad pero que no hubieran significado nada, si no estuvieras a mi lado.

Apenas quedan días para que escribamos otro capítulo en el mejor de los libros, el nuestro, ese que comenzamos el 15 de abril de 2007 y que llenamos de amor y cariño cada día. Espero que sigamos escribiéndolo toda nuestra vida.

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Apenas quedan días para ceremoniar lo que ya sabemos, que nos queremos. Que te quiero muchísimo y que no concibo una vida sin ti. Eres el aire que respiro, eres la luz de mis días, la calma de mi tempestad y la alegría de mi tristeza. Cuando me besas, acaricias mi alma y prefiero ver la vida a través de tus ojos porque es mucho más bonita. Lo eres todo para mí.

Apenas quedan días para la celebración. Ya sabes que no va a ser fácil para mí porque las ausencias son demasiado dolorosas pero estoy segura, que en cuanto me cojas de la mano, me mires directamente a los ojos y me sonrías, ese dolor se hará más soportable y todo saldrá bien.

Apenas quedan días para que esas estrellas que brillan tanto en el cielo e iluminan nuestros caminos, bajen durante un rato y compartan con nosotras esta cita tan especial.

Apenas quedan días para decirte de forma oficial, lo que te susurro cada noche al oído:

“TE AMO Y QUIERO PASAR EL RESTO DE MI VIDA CONTIGO”.

Apenas quedan días…

Un cumpleaños más sin ti

¡Felicidades amatxu! Estas dos simples palabras me gustaría decirte, mirándote a los ojos y dándote un fuerte abrazo. Pero no lo puedo hacer. Ahora tengo que conformarme con decírtelo con el corazón e imaginar que me escuchas. Aunque sé que lo haces porque te llevo dentro de mí y yo, soy parte de ti.

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En mis inmunerables cartas, ya te había contado que Marga y yo nos casamos pero hoy, el día de tu cumpleaños, ya puedo decirte que contamos con la fecha y no queda nada. Sé que es una noticia maravillosa y estoy feliz, muy feliz, te lo prometo pero siempre imaginé que ese día, tú también estarías allí, a mi lado, a nuestro lado, queriéndonos y apoyándonos como siempre lo has hecho.

Va a ser algo sencillo pero se me parte el alma al pensar en tu ausencia. Intentaré ser fuerte y no llorar porque en el momento en que se me escape la primera lágrima, temo no poder parar. Y eso a ti no te gustaría. Sé que harás todo lo posible para estar allí y que me transmitirás ese sentimiento que en ocasiones me haces sentir. Supongo que me cogerás la mano y me susurrarás al oído: “Cierra los ojos y escucha a tu corazón, yo estoy en él”. Entonces los abriré y te veré allí sentada, con tu eterna sonrisa, acompañándonos en ese día tan importante y como siempre, diciéndome: “Todo va a ir bien”.